Museos de Etnografía y Folclore

Los museos de etnografía privilegian en los objetos y colecciones la lectura cultural y antropológica por encima de otras posibles. Surgen en Europa durante el último tercio del siglo XIX cuando coinciden dos fenómenos de largo alcance: la industrialización y el nacionalismo, por un lado, y el imperialismo colonialista, por otro. El primer fenó meno contribuye al redescubrimiento de las "raíces populares" de las sociedades euro­peas avanzadas, con la consiguiente revalorización del interés por los propios oríge­nes culturales y los modos de vida tradicionales. De este interés por "lo popular" sur­gen museos como el Museo Andante en la Provenza, obra de Frederic Mistral, dedicado al folclore y las artes y tradiciones populares de la región. El segundo fenómeno des­pierta el atractivo hacia el patrimonio de "los otros", es decir, de las sociedades menos desarrolladas de ultramar colonizadas por Occidente.

Uno de los primeros fue el Museo Etnográfico del Trocadero en París, otro el Museo Real del África Central de Tervuren, Bruselas. Pero una de las versiones más influyen­tes y populares de museo folclórico o etnogeográfico surgió en la península escandinava hacia 1880 fruto de la inspiración de Hazelius, el fundador del Museo Nórdico de Esto-colmo. Hazelius creó una sección al aire libre del museo llamada Skansen, dedicada a la etnografía regional sueca. Para ello reunió en un parque de las afueras de la ciudad diversos edificios representativos de la arquitectura vernácula del país, trasladados pie­za a pieza, con todo el equipamiento doméstico posible, reconstruyendo en su entor­no huertos y jardines. Esta ejemplar recuperación de la "esencia popular de la nación" atrajo la atención de los países vecinos que pronto imitaron el modelo de Skansen. En Noruega se fundó antes del fin de siglo el Sandvigske Sämlingen de Lillehammer y el Norks Folkmuseum de Oslo; en Dinamarca, el Den Gamble By cerca de Aarhus. Otros países del norte y centro de Europa fueron progresivamente adoptando el modelo, que llegó hasta Rusia y Rumania por el este y hasta Alemania y Francia por el sur, pasando por Holanda, que creó un gran Openluchtmuseum en Arnhem. Unos de los últimos "skansens" es el Welsh Folk Museum de Saint Fagans, Cardiff, en el País de Gales, crea­do después de la Segunda Guerra Mundial.

El progreso de la antropología da lugar en el siglo XX a la creación de museos etnográficos ligados a la universidad y a la investigación. Respondiendo a plantea­mientos del evolucionismo, el Museo del Hombre de París, heredero del antiguo Museo Etnográfico del Trocadero, se concibe para mostrar una visión exhaustiva de la diversidad humana y aplica conceptos museográficos extraídos de los museos de ciencias de la naturaleza. De forma similar, el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, representante de la antropología cultural norteamericana, también aplica al estudio de las áreas culturales conceptos procedentes de las cien­cias de la naturaleza. En España la doble raíz de la museología etnográfica se evi­dencia en la creación en Madrid, antes de la Guerra Civil, primero del Museo Nacio­nal de Etnología y después, del Museo del Pueblo Español. En Portugal, sociedad agraria tradicional y etnografía de ultramar conviven en el Museo Nacional de Etno­logía de Lisboa.

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Presentación Diapositivas

Los museos etnogeográficos tienden a crear una estructura museística integrada con un museo nacional para el abordaje conjunto del país, y diversos museos regionales y locales para el tratamiento de las variantes territoriales. Este planteamiento adquiere los visos de un verdadero programa nacional en países como Suecia, sin embargo en otros no acaba de cuajar, caso de Francia con el Musée National des Arts etTraditions Populaires creado por G. H. Riviére. Los nacientes estados africanos tras la descoloni­zación adoptan en muchos casos este modelo europeo de museo etnográfico para crear sus propios museos nacionales de cultura con la intención de reforzar unas a menudo frágiles señas de identidad. Nigeria y Mali Constituyen buenos ejemplos de ello.

La noción tradicional de museo etnográfico empezó a cuestionarse en los años sesenta del siglo XX coincidiendo con el desarrollo de la antropología social y cultu­ral, y la aparición de una nueva museología. La idea de capturar en vivo y conservar estáticamente una cultura en estado puro, como si se tratase de crear para la misma una "reserva", más el convencimiento de que no podía limitarse el estudio antropo­lógico de las culturas a la cultura material, pusieron en cuestión los planteamientos establecidos. En este contexto se abrió camino en Europa (sobre todo en Francia de la mano de H.Varine-Bohan y G. H. Riviére) la idea del ecomuseo y en norteaméri-ca la idea de los museos comunitarios o de barrio.

Los ecomuseos que tantas esperanzas despertaron en los años ochenta del pasado siglo, representaron una renovación (nunca llevada a cabo de forma definitiva) del viejo modelo de museo etnogeográfico al aire libre del norte de Europa. Su bandera fue la persecución de un ideal de museo totalizador, capaz de integrar el medio ambien­te humanizado, la industrialización y la historia social, y con la voluntad declarada de comprometerse con el futuro de las comunidades que vivían y trabajaban en el entorno del museo. El ejemplo más arquetípico lo constituyó el Museo del Hombre y la Industria de Le Creusot-Montceau-Les Mines situado en el Macizo Central fran­cés. En las regiones francesas de las Landas y la Camarga los respectivos ecomuseos, más condicionados por el medio geográfico, pretendieron ofrecer una visión equili­bradamente integradora de los medios natural y humano.