La necesaria "manía" de clasificar

 

Los museos son siempre museos de algo. La preocupación formal asalta de nue­vo al museólogo y le lleva a discutir sobre cómo se pueden clasificar. Cuestión nada baladí, ya que conlleva tomas de posición de carácter teórico y filosófico bien sus­tanciales a la hora de interpretar el fenómeno museos. Cuan­do estudiemos el museo como organización, también estaremos hablando de una posible forma práctica de clasificarlos al abordar de qué tipo de autoridad dependen. Asimismo no ha dejado de ser una forma de clasificarlos cuando se ha discutido sobre los niveles o ámbitos territoriales en que se inscribían, en consonancia con la insti­tución que los tutelaba y la demarcación a la que servían. Así, se ha hablado de mu­seos nacionales, regionales o locales. Estos últimos además de por su carácter terri­torial, se distinguen a menudo porque la diversa naturaleza de sus colecciones los hace singularmente pluridisciplinares.

La clasificación más inmediata y no en vano la más utilizada, es la que atiende a la naturaleza de las colecciones. Los museos en su conjunto se distinguen, en una pri­mera lectura, por la naturaleza del objeto coleccionado: o son objetos creados por el ser humano, o son objetos naturales (más comúnmente llamados especímenes natu­rales); en otras palabras, los artificialia y naturalia de las colecciones del Renacimien­to y el Barroco. Pero sobre todo se distinguen, en el contexto del coleccionismo y la museología modernas, por la mirada de que son objeto los artículos candidatos a ser coleccionados. Esta mirada discrimina en un mismo objeto, por ejemplo el escudo de un guerrero aborigen australiano, entre su valor artístico y su valor antropológico o histórico, y lo normal es que se incline por uno de ellos. Así, nos encontramos con colecciones y museos de objetos artísticos, objetos técnicos, objetos históricos, obje­tos etnográficos, de especímenes naturales, etc. La forma de descubrir y contemplar estos testimonios que interesan, de reunidos, de coleccionarlos, de clasificarlos y de estudiarlos, se asienta, como vemos, sobre una base disciplinar construida hace más de cien años. Por tanto, al intentar poner orden y dar sentido a la comunidad de los museos, lo primero que encontramos es el peso de la historia, de la historia de las dis­ciplinas que soportan las construcciones que se levantan sobre unos objetos que siem­pre valen, aunque unas veces aparentan ser muy humildes (un peso de arcilla para un telar manual) y otras muy complejos y elaborados (un lienzo de Rubens).

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A este respecto vamos a establecer, amparándonos en la realidad museística y las taxonomías al uso, cinco grandes tipos de museos disciplinarios que discutiremos uno por uno con la incorporación de ejemplos. Son los siguientes: Museos de Arte, Museos de Historia, Museos de Etnografía y Folclore, Museos de Ciencia y Técni­ca, y Museos de Ciencias de la Naturaleza. Cabe subrayar que la discusión impor­tante en tipología de museos no es tanto distinguir en función del mero contenido de las colecciones (digamos que vehículos con ruedas es igual a museo del transpor­te), como de organizar categorías basadas en el punto de vista disciplinar que justi­fica la formación de unas colecciones y su interpretación subsiguiente. Ello da lugar a familias de museos que comparten lenguaje, es decir, aproximaciones conceptua­les y criterios museográficos. Así pues, un museo del cine o de la televisión, ¿dentro de qué categoría cabe clasificarlo? Probablemente una visita detallada a estos museos nos aclararía lo suficiente el interrogante teniendo en cuenta la percepción in situ del mensaje que nos quieren comunicar.

Con todo, hay museos notables que rehuyen cualquier intento de clasificación, que persiguen que su identidad se reconozca de otra forma, presentándose como alternativa a los discursos museísticos tradicionales o abogando en favor de una salu­dable pluridisciplinariedad. El Museo de la Civilización de Quebec, por ejemplo, aboga por esta línea y no es el único. Otros, como el Museo de la Vecindad de Ana-cortia en Washington DC, se reinvidican como experimento social.Finalmente, hay que dejar un hueco para los museos claramente no disciplina­res como los museos de los niños, que tan importante desarrollo han experimenta­do en los últimos años. Este concepto de museo, aunque pueda parecer lo contrario, no es nada reciente. En 1999 los museos de los niños cumplieron 100 años, justa­mente los que celebraba entonces el Brooklyn Children's Museum de Nueva York. Actualmente existen en el mundo unos cuatrocientos museos de niños (LeBlanc, 1999: 49) herederos de la idea plantada en Brooklyn por Anna Billings Gallup en las navidades de 1899, de que los museos para los niños no debían imitar a los de los mayores diluyendo su contenido, sino que debían existir por ellos mismos, de for­ma que "en sus proyectos y planes el niño sea el protagonista" (ibídem).